LLL Hoy #2 – Larga lactancia y humanización

Cada vez sabemos más sobre los orígenes de la humanidad. Y una cosa está cada vez más clara: la forma en que cuidamos de nuestras crías es lo que nos ha hecho humanos.

En 2021, la cadena de televisión francesa France 5 emitió un documental fascinante: Kromdraaï, à la découverte du premier humain [Kromdraaï, al descubrimiento del primer ser humano][1].

En este yacimiento de Kromdraaï (Sudáfrica), el paleoantropólogo José Braga ha descubierto recientemente los huesos de dos niños que vivieron al mismo tiempo, hace 2.5 millones de años, uno humano y el otro parántropo (uno de nuestros primos cercanos, como indica su nombre: “junto al ser humano”).

Este descubrimiento es esencial, porque hasta hace poco no existían fósiles de homínidos de entre tres y dos millones de años. Y no se explicaba por qué los parántropos, o “australopitecinos robustos”, se habían extinguido hace un millón de años, mientras que el género Homo, más frágil, florecía y se extendía por todo el planeta, como sabemos.

En el documental, el científico explica que lo que marcó la diferencia fue la manera en que se crio la infancia y, en particular, la edad a la que las crías fueron destetadas.

La edad del destete

Gracias al análisis del esmalte dental[2], los investigadores pudieron demostrar[3] que

las crías de los primeros Homo fueron amamantados en proporciones significativas hasta aproximadamente los tres o cuatro años de edad, lo que probablemente desempeñó un papel en la aparición de rasgos específicos del linaje humano, como el desarrollo del cerebro. Por el contrario, la infancia del Paranthropus robustus, que se extinguió hace aproximadamente un millón de años y que, sin embargo, era una especie más robusta en términos de anatomía dental, así como la infancia del Australopithecus africanus, dejaron de tomar cantidades apreciables de leche materna durante los primeros meses de vida[4].

Destetado tardíamente y, por tanto, más protegido y educado, ¡Homo sobrevivió y desarrolló su inteligencia notablemente gracias a la larga lactancia!

El cuidado de la infancia ha hecho a los humanos más inteligentes

Este descubrimiento concuerda con la hipótesis de Steven Piantadosi y Celeste Kidd, dos académicos estadounidenses de la Universidad de Rochester (Nueva York), que sugirieron que la necesidad de cuidados complejos y prolongados de la infancia habría estimulado la inteligencia de la adultez.

Para llegar a esta conclusión, los investigadores compararon distintas especies de primates, y mostraron una relación casi lineal entre el grado de inteligencia de una especie y la edad de destete de sus crías, desde los titíes, que sólo son amamantados durante unos meses y se consideran poco inteligentes, hasta los chimpancés, cuyas crías sólo se independizan en torno a los tres o cuatro años y cuya inteligencia se aproxima a la nuestra[5].

La extrema dependencia de los bebés humanos obliga a los padres a cuidar de ellos durante varios años. Esto da tiempo tanto a la socialización como a la transmisión de conocimientos, y nos ha convertido, como seres humanos, en lo que somos.

Claude Didierjean-Jouveau

[1] https://television.telerama.fr/tele/theatre/kromdraai-a-la-decouverte-du-premier-humain-1-193355412.php

[2] En concreto, las proporciones de isótopos estables de calcio, que se presentan en función del consumo de leche materna por parte de la infancia.

[3] Théo Tacail, Jeremy E. Martin, Florent Arnaud-Godet, J. Francis Thackeray, Thure E. Cerling, José Braga, Vincent Balter, Calcium isotopic patterns in enamel reflect different nursing behaviors among South African early hominins, Science Advances 2019; 5(8): eaax3250.

[4] Cita traducida del original inglés. “First human ancestors breastfed for longer than contemporary relatives [Los primeros antepasados humanos amamantaron durante más tiempo que sus parientes contemporáneos]”, https://www.sciencedaily.com/releases/2019/08/190829115427.htm

[5] “Extraordinary intelligence and the care of infants [Inteligencia extraordinaria y el cuidado de los bebés]”, PNAS 2016; 113(25): 6874-9.